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La exportación industrial creció más que la de soja

El dinamismo de las exportaciones de bienes industriales de la Argentina es un efecto de las políticas posdevaluación poco conocidas en el ámbito empresarial y académico.

Esas ventas, entre el 2003 y el 2008, saltaron de u$s8.000 millones a u$s22.000 millones; de este modo, aumentaron un 174% y representaron el año pasado casi un tercio de las exportaciones totales del país (u$s70.000 millones).
 
Ese ritmo desmitifica la simplificada creencia de que el superávit comercial fue logrado sólo a través del boom de los precios internacionales de la soja (los porotos aumentaron, en dólares, un 91% entre el 2003 y el 2008). De hecho, la tasa de crecimiento de las ventas nacionales al exterior del complejo sojero (porotos, harinas, pellets y aceites), en el período referido, fue más baja que la de manufacturas industriales; las cuales pasaron de un valor levemente inferior (u$s7.100 millones en 2003) y llegaron, el año pasado, a u$s16.600 millones. Esa dinámica significó un crecimiento del 131%, bastante por debajo de la suba conseguida por la exportación fabril.
 
COMPLEJO SOJERO. Nadie ignora la importancia del crecimiento de las exportaciones de soja a la hora de analizar cómo, por primera vez en la historia económica nacional, se lograron siete años consecutivos de superávit comercial. Sin embargo, no es habitual hallar estudios o publicaciones periodísticas sobre el rol de las exportaciones de bienes industriales en los últimos años, a pesar de su mayor tasa de crecimiento y de participación en el monto total exportado.
 
Inmersos en el debate actual sobre el rol de los medios de comunicación es interesante preguntarse si la falta de difusión de este fenómeno es producto de: ausencia de un rol activo de las asociaciones industriales por defender y fomentar su actividad a través de los medios de comunicación, una estrategia de comunicación pasiva o débil de algunos indicadores económicos por parte del Gobierno y/o bajo nivel de desarrollo de la investigación periodística especializada en la actividad manufacturera.
Estar cerca de triplicar las exportaciones industriales, en el período de mayor crecimiento histórico del mercado interno, es una noticia mucho más relevante, en términos económicos y sociales, que el hecho de que existan nuevos productos que mantengan la vigencia el modelo agroexportador.
 
Las condiciones y los efectos de una estructura productiva más diversificada y competitiva permiten acercarse más al desarrollo que una producción basada mayoritariamente en el sector rural y agroindustrial de commodities. Eso no significa que la actividad del complejo sojero y su generación de divisas no sea una importante fortaleza de la economía, aunque su lógica de crecimiento no posee tantos atributos para alcanzar el desarrollo como la producción industrial.
 
En efecto, las actividades industriales demandan elevados niveles de mano de obra –las pymes del sector generaron el 85% de los empleos tras la convertibilidad–, las decisiones de inversión se toman con horizontes de largo plazo, el mercado interno actúa como una plataforma para desarrollar sus exportaciones, el espacio para la diferenciación productiva e innovación es amplio y el crecimiento de la productividad no está vinculada estrictamente con el tamaño de las empresas, tiende a ser sustancialmente más alto que en las actividades primarias y de servicios y depende, fundamentalmente, de las aptitudes y de la especialización de su personal para manejar las nuevas tecnologías. En consecuencia, la lógica de su crecimiento está atada, en gran medida, a un mercado interno fortalecido y a una distribución del ingreso que permita que los trabajadores se puedan capacitar para competir internacionalmente.
 
El profesor Jorge Schvarzer lo condensó así: “La industria es la base material de la estructura productiva sobre la que se apoya el desarrollo económico (…) no hay sociedad desarrollada que no sea industrial, del mismo modo que no hay sociedad industrial que no sea desarrollada”.

 
 
 
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